No son candidatos.Las diez personas cuyo trabajo mejora, de verdad, la vida de los argentinos

La muerte de un hijo, el ejemplo de un padre, una intuición ante una visita conmovedora, consignas sin responder al final de una clase… Los motivos por los que algunos deciden invertir su tiempo en ayudar a los otros son múltiples y variados. Hay, sin embargo, una coincidencia: todos los consultados para esta producción dijeron que, al final del día, los beneficiados son ellos. “Nos ayudan a nosotros”, dice Matías Najún sobre los enfermos terminales que hospedan en el Hospice Buen Samaritano.





La solidaridad en la Argentina es un mundo activo y en ebullición. Muchos de sus protagonistas se conocen e interactúan. La intensidad de vínculo es absoluta en Jorge De All, de Cuerpo y Alma, y Catalina Hornos, de Haciendo Camino: están casados y comparten la crianza de diez hijos. Pese a estas relaciones intensas, las fundaciones tienen realidades diversas. Algunas, como Los Espartanos, el equipo de rugby de presos creado por Eduardo “Coco” Oderigo, tienen mucha visibilidad, pero la mayoría son desconocidas. Para difundir sus historias y recaudar fondos, Oderigo lanzó la campaña No Candidatos. Replica la lógica de las boletas electorales, pero en lugar de los candidatos hay diez ONG representadas por sus directores, que figuran como cabezas de lista. Debajo de ellos están sus principales colaboradores.


En total hay 151 nombres, la misma cantidad de bancas que se renuevan en las próximas elecciones. En vez de poner el sobre elegido en una urna, la campaña de No Candidatos apunta a lograr seguidores en Instagram y donaciones. El monto sugerido es de $200. Al último jueves habían logrado 2500 seguidores y donaciones por $250.000. Su meta son 10 millones de pesos, el equivalente a 50.000 personas con una donación de $200. El total de lo recaudado se repartirá en partes iguales entre las diez organizaciones. “¡Hay que empujar!”, arenga Oderigo, como si estuviera alentando a sus rugbiers.


“La muerte es una sana costumbre que tenemos los humanos”, dice Matías Najún (48) y no hay un dejo de ironía en su frase. Matías es médico y considera que la muerte asusta a todos. Sus colegas, explica, son quizás los que más miedo le tienen a ese hecho inevitable, acaso la única certeza que tenemos al nacer. Él, sin embargo, se dedica a eso, a estar muy cerca de las personas moribundas para ayudarlas en el último tramo de su vida. Como fundador del Hospice Buen Samaritano, una casa de cuidados paliativos para personas de escasos recursos que queda en Pilar, entiende que hay un momento en la vida de un paciente en que seguir buscando una cura se vuelve contraproducente. “Podés terminar generando más sufrimiento”, dice. Ante lo inevitable, como médico paliativo se dedica a facilitar el buen morir entendiendo que esas horas finales son una gran oportunidad de sanación y reencuentro para que los pacientes y sus familias salden sus deudas emocionales.





En 2009 consiguieron la donación de la casa donde atienden a sus huéspedes en sus días finales -Matías prefiere usar el término huéspedes antes que pacientes- y desde entonces pasaron por allí 500 personas. Pero, además, la fundación tiene otros programas, como atención en hospitales y en casas. En la suma de todos los formatos, desde el Buen Samaritano acompañaron al buen morir de 2600 personas. Los beneficios, sin embargo, son mutuos. “La gente al final de la vida tiene sabiduría, te enseña a vivir mejor. Uno piensa que los ayuda a ellos y es cierto, pero ellos nos ayudan a nosotros a salir del vértigo, a ir a lo esencial”, dice.


Desde el Buen Samaritano acompañaron al buen morir de 2600 personas.



“Es un aprendizaje que no termina nunca”


Eduardo “Coco” Oderigo hoy es un hombre admirado. Y con justa razón. Con 50 años, ocho hijos y un título de abogado, es el motor detrás de Los Espartanos, la ONG que entrena equipos de rugby en las cárceles y ayuda a la reinserción social de los presos. Pero no siempre fue así. “En el colegio era el típico petiso malo”, se ríe Coco al recordar sus años de bullying durante el secundario. Hace un tiempo se cruzó con un compañero y cuando le quiso dar un abrazo, se encontró con una fría mano extendida. “Nosotros no éramos amigos”, lo paró en seco su interlocutor. Educado en el Marín, un colegio que entonces era solo de hombres, su condición de buen jugador de rugby le otorgaba un prestigio social que ejercía de manera despótica sobre los menos populares. Coco hoy es un hombre distinto, mejor. Los años, “una buena mujer que te baja a tierra”, y su trabajo con los presos lo ayudaron a cambiar. “Es un aprendizaje que no termina nunca, una baja de prejuicios constante”, dice sobre lo que obtiene él con cada entrenamiento de Los Espartanos. Para los presos, el aporte de su trabajo es enorme. Hoy el programa funciona en 68 penales, 21 provincias y siete países. Más de 3000 jugadores vistieron la camiseta de Los Espartanos y solo el 5% de ellos volvió a delinquir una vez liberado (el porcentaje de reincidencia en las cárceles argentinas es del 65%). La ambición del programa no se condice con lo humilde de sus inicios. En 2009, Coco visitó por primera vez el complejo de máxima seguridad de San Martín y salió entristecido. Desde hacía 15 años trabajaba en un juzgado penal y estaba acostumbrado a las historias de presos, pero no a la desesperanza que vio en la cárcel.


“Me gustaría enseñarles a jugar al rugby a los presos”, le dijo al director del penal. No tenía mucho plan, apenas una intuición de que el deporte podía ayudarlos. Los resultados le demostraron que estaba en lo correcto.


Más de 3000 jugadores vistieron la camiseta de Los Espartanos y solo el 5% de ellos volvió a delinquir una vez liberado.


“El paciente es el sabio y ayuda al voluntario” Victoria Viel Temperley, Donde Quiero Estar.


Santiago, uno de los hijos de Victoria Viel Temperley, tenía 15 años y jugaba al rugby de medio scrum en SIC cuando comenzó a vomitar de manera intempestiva. Las consultas a los médicos arrojaron el peor de los diagnósticos, tenía un tumor cerebral.


Lo sometieron a una operación de 12 horas, estuvo cuatro meses en terapia intensiva y dos años internado. Al final de sus días estaba en coma, atravesado por cables y sin habla. Victoria aprendió a hacer reflexología para aliviarlo. “Me comunicaba por medio de las plantas de sus pies”, recuerda. Luego de una agonía de dos años, Santiago murió. A los siete años, falleció el marido de Victoria, también de cáncer. “Durante dos años estuve como dormida, en duelo. Luego, me desperté”, dice. Su despertar se convirtió en una fundación, Donde Quiero Estar, que se dedica a mejorar la calidad de vida de las personas con cáncer y sus familias, humanizando el tratamiento oncológico. Trabajan en las salas de quimioterapia de 23 hospitales públicos en 7 provincias y ofrecen talleres de arte y reflexología para los pacientes.


“La medicación es muy fuerte, causa dolores de cabeza y náuseas, se te cae el pelo. Cuando los pacientes se relajan con masajes, o pintando, corren el foco de la atención y esto ayuda a que la medicación pase más rápido y de manera menos dolorosa”, explica. “Buscamos -agrega- cambiar el clima de la sala de quimioterapia para que deje de ser un lugar frío y duro y se convierta en algo más agradable”. Además de este programa, trabajan en planes de incidencia en políticas públicas. Intentan que pacientes con menos recursos puedan acceder a tratamientos que suelen ser muy caros. En el camino de su trabajo en la fundación, Victoria se dio cuenta de que ella, y el resto de los voluntarios, también estaban sanándose con su trabajo con los enfermos de cáncer. “Muchas veces el paciente es el sabio y termina ayudando al voluntario”, concluye.



"Trabajar en el aula me cambió la cabeza", Magdalena Fernández Lemos, Enseñá por Argentina


Magdalena Fernández Lemos rondaba los 20 años cuando se plantó frente a sus alumnos del último año de una secundaria carenciada, en Villa Soldati. Eran apenas más chicos que ella y con una realidad mucho más áspera que la suya como estudiante de Ciencia Política en la Universidad Di Tella. Al final de la clase les pidió que escribieran un sueño en papelitos individuales que repartió. Les propuso compartirlo frente al resto, pero nadie habló. En el colectivo de vuelta para su casa miró las entregas y se dio cuenta de por qué: estaban casi todos en blanco. “Los pobres no podemos soñar”, decía uno de los pocos en el que sí habían escrito.


"Hay una pobreza visible, pero también hay otra invisible, que no ves hasta que no te involucrás”, dice Magdalena. La ausencia de sueños, explica, es una de estas carencias difíciles de detectar. La escuela, está convencida, es el lugar ideal para romper la lógica de la desigualdad, pero no está pensada para los pobres. Para convertirla en un agente de cambio trabaja en Enseñá por Argentina, una ONG especializada en empujar reformas y programas que apunten a garantizar la educación de calidad. Su programa original y el más importante es el de Liderazgo Colectivo, que dura dos años. “Trabajar en el aula me cambió la cabeza”, dice Magdalena, que sigue dando clases en un bachillerato para adultos en San Martín.




"No hay nada más gratificante que ayudar a otros". Elena Cataldi, Equinoterapia del azul.


Francisco, el tercer hijo de Elena Cataldi (44), tenía apenas dos meses y dormía en su cuna cuando tuvo un paro respiratorio. Ella llegó justo para reanimarlo, pero la falta de oxígeno le provocó severos daños neurológicos.


“Los médicos me dijeron que lo más probable era que nunca llegara a caminar”, recuerda Elena. Vivían en un campo de Azul, provincia de Buenos Aires, y Elena lo subió al caballo, igual que había hecho con sus hijos mayores. Lo hizo porque le encanta montar, pero también porque entendió que le podía hacer bien en su rehabilitación. Los médicos del Fleni que trataban a su hijo le hablaron de los beneficios de la equinoterapia y ella lo confirmó. “Francisco hoy tiene 21 años y camina, anda a caballo, baila. Le quedó un retraso intelectual, dificultades para expresarse y cierta disminución visual, pero su realidad es mucho mejor que el panorama que nos habían planteado en el inicio”, dice.


La equinoterapia, explica, ayuda a la postura, a trabajar los músculos, hace circular la sangre y normaliza el tono muscular. Además, agrega, el contacto con animales libera endorfinas, baja el estrés y brinda seguridad, entre otros beneficios. Envalentonada con la experiencia de su hijo, en 2005 decidió armar una fundación para ayudar a la rehabilitación de chicos y jóvenes con discapacidades físicas y mentales a través del uso terapéutico del caballo. Arrancó en Azul y en 2008 se mudó a Salta. Utilizan las instalaciones del Salta Polo Club y trabajan con 28 profesionales y más de 50 voluntarios. Tienen cupo para unos 100 pacientes y su cálculo es que atendieron a más de 500. “No hay nada más gratificante que ayudar a otros, que tu tiempo dedicado a que otra persona tenga una vida un poco mejor”, dice.




"Nadie elige el lugar donde nace". Catalina Hornos, Haciendo Camino.


“Nadie elige el lugar donde nace”, dice Catalina Hornos (37). Es su manera de explicar por qué ella, que nació en Recoleta, se dedica a ayudar a niños y familias carenciadas del norte argentino.


Su camino comenzó a los 21 años, cuando viajó a Añatuya, en Santiago del Estero, para trabajar de voluntaria en una escuela albergue. Allí se topó con situaciones de extrema pobreza y quedó impactada por la historia de una bebita que conoció cuando ya estaba muy desnutrida y terminó falleciendo. Volvió a Buenos Aires y viajaba seguido para seguir ayudando, hasta que decidió instalarse en la zona y comenzar a darle forma a Haciendo Camino, la ONG con la que hacen acompañamiento familiar en Santiago del Estero y Chaco. Ya atendieron a 2685 embarazadas, 11.000 familias y 20.000 chicos con problemas de nutrición. Durante su trabajo como voluntaria comenzó a recibir en su casa a chicos que no tenían dónde quedarse y terminó adoptando siete.


Está casada con Jorge De All, un médico que, a su vez, está al frente de Cuerpo y Alma, otra fundación que trabaja con poblaciones vulnerables. Juntos sumaron tres hijos biológicos. La enorme familia ensamblada vive ahora en Recoleta y hace malabares con los cronogramas de viajes de los padres y estudios de los hijos. “Todos los años muere alguno de los chicos que acompañamos y de ese dolor sale fuerza para luchar por los que siguen”, dice.




"Nuestra generación es a la que le toca jugar el partido". Jorge de All, Cuerpo y Alma.


l padre de Jorge De All, José Antonio, nació en Aldea Asunción, un paraje rural de Entre Ríos. Tenía siete hermanos y su madre murió cuando tenía apenas cinco años. Era un hombre humilde y brillante. Trabajó como vendedor ambulante y se recibió de médico con medalla de oro.


Esa cercanía con la pobreza y la vocación de la medicina como servicio es la que inspiró a Jorge, de 45 años, a fundar Cuerpo y Alma, una ONG que hace asistencia médica y educación para la salud en comunidades vulnerables y aisladas. Hasta la pandemia, atendían 14.000 consultas y hacían 700 cirugías anuales. Pronto esperan volver a esos números. “Esto es lo más gratificante de mi trabajo como médico”, dice Jorge apenas atiende el llamado de LA NACION en una pausa de sus tareas. Está en Monte Quemado, una ciudad pobre del norte de Santiago del Estero donde se instaló con un grupo de 15 profesionales de la fundación. El plan es quedarse cuatro días y el objetivo es realizar 40 cirugías de vesícula y hernia.


“Acá revalorizamos al médico en su genuino rol social, sin intereses económicos ni políticos”, explica. Jorge habla pausado, como si tuviera todo el tiempo del mundo, pero es un hombre muy ocupado. Además de la fundación, es presidente de los sanatorios Otamendi y Las Lomas, director de la empresa de medicina prepaga Medicus y productor agropecuario. También es padre de diez hijos (tres biológicos y siete adoptados), junto con Catalina Hornos, y presidente de Haciendo Caminos, otra fundación que trabaja con poblaciones vulnerables.


“Mi trabajo en la fundación me ayuda a poner en valor y perspectiva la situación en la que uno vive”, dice. “Además -agrega-, da un mensaje de esperanza, de que no todo está perdido en la Argentina, hay que poner manos a la obra. Nuestra generación es a la que le toca jugar el partido”.



"La desigualdad social es criminal". Diego Bustamante, Pata Pila


Diego Bustamante tiene 38 años, se crio en Recoleta y todos los años viajaba al norte para misionar con los frailes franciscanos. En 2015 sintió que tenía que involucrarse más y se instaló a vivir en Yacuy, un paraje salteño rodeado de pobreza.


“Fue una experiencia transformadora”, dice sobre los cinco años que compartió con la comunidad, bañándose con baldazos de agua fría. “La desigualdad social es criminal, pero también es muy potente la potencia de la cultura de esos pueblos”, explica. Movido por esa experiencia, Diego fundó Pata Pila, una ONG que se dedica a combatir la desnutrición infantil e integrar a las familias y comunidades en situación de pobreza extrema. Recorren las comunidades postergadas y trabajan con diferentes programas, desde la salud integral de las familias hasta ayudar a las madres en sus trámites para obtener documentos o gestionar turnos en los hospitales.


“Me movieron el dolor y la impotencia de lo que vi, pero también me enamoré de un estilo de vida más sencillo, basado en otras cosas que no son ni el poder ni el éxito”, explica. Por su trabajo en las comunidades, conoció a un grupo de siete hermanos que estaban en una situación vulnerable. Comenzó a relacionarse con ellos y decidió adoptarlos. Hoy es su tutor legal y vive con ellos en Gualeguay, a medio camino entre la Buenos Aires donde se crio y Salta, donde comenzó una nueva vida.



"Tenemos que lograr un tejido social nuevo". Ana Argento Nasser, Por Igual Más


-¿Qué opciones hay de recorridos inclusivos? La pregunta que le hicieron dos chicos descolocó a Ana Argento Nasser, que entonces trabajaba en el museo del Colegio Monserrat, en Córdoba. No había ninguno. En el museo no había ni rampas, ni carteles en braille, ni nada para facilitar la experiencia de personas con discapacidad.


“El hecho me generó mucha incomodidad y empecé a pensar qué podía hacer yo para cambiar esta realidad”, dice Ana, que hoy tiene 35 años. Lo primero que hizo fue armar un proyecto para el colegio, luego siguió con réplicas en los otros museos que dependen de la Universidad de Córdoba y eso derivó en Por Igual Más, la fundación que trabaja en el reconocimiento y el empoderamiento de las personas con discapacidad. Dan capacitaciones laborales, asesoramiento legal, talleres para empresas y familias, y producen videos y piezas de comunicación que buscan cambiar la mirada de la sociedad sobre las personas con discapacidad.


“Todos tenemos distintas limitaciones, lo que pasa es que algunas son más visibles que otras”, explica. Ana dice que la fundación le permitió unir su profesión de comunicadora con su vocación de servicio. “No nos salvamos solos; tenemos que lograr un tejido social nuevo, donde se reparta lo que se gana”, considera.


"Me siento bien, feliz y en paz por poder ayudar". Alicia Felix, Hospice la Piedad.


Mientras Alicia Fellix estudiaba medicina, decidió que su vocación era otra y decidió entrar como religiosa a la congregación Misionera Siervas del Espíritu Santo. La opción lógica, pensó, era abandonar la universidad y abrazar la fe, pero le aconsejaron seguir y combinar ambas inclinaciones.


Alicia se recibió con una especialidad en cirugía, se especializó en medicina tropical en Irlanda y luego viajó a Ghana para trabajar en una zona fronteriza, de mucha pobreza. “Hacía de todo, pero casi siempre atendía pacientes graves. Los partos comunes, por ejemplo, ni siquiera llegaban al hospital”, recuerda Alicia, que hoy tiene 65 años. Aquella experiencia terminó de manera abrupta a los tres años cuando sufrió un desprendimiento de retina que la dejó con un problema serio de visión. Ella cree que el calor y la sobreexigencia fueron la razón detrás de su problema de salud. “Ya nunca más pude enhebrar una aguja, mucho menos operar”, se ríe.


De vuelta en la Argentina, se cruzó con un libro que contaba la experiencia de una casa de cuidados paliativos en San Isidro y decidió hacer lo mismo en Santa Fe, donde vivía. Atrás de la casa de retiros que tenía su congregación en Esperanza, una ciudad santafesina, había una construcción precaria. La acondicionaron y hace 11 años fundaron el Hospice La Piedad.


“Al Hospice llegás cuando el médico te dice ya no hay más nada que hacer. Pero desde cuidados paliativos, sin embargo, pensamos que sí hay mucho que hacer”, explica. Además de acompañar en el buen morir, trabajan con la familia y el paciente para mejorar la comunicación y ayudar a sanar heridas y deudas pendientes. “Muchos casos son difíciles no solo por el deterioro físico, sino también por entornos familiares complicados, pero yo me siento bien, feliz y en paz por poder ayudar”, asegura.



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Más información en www.nocandidatos.com

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Fuente: La Nación https://www.lanacion.com.ar/sociedad/no-son-candidatos-estas-son-las-diez-personas-cuyo-trabajo-mejora-de-verdad-la-vida-de-los-nid23102021/#tituHospiceBuen

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